Hacía una Educación Holística, más allá del intelecto

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Aunque la inteligencia es una, podemos distinguir tres aspectos globales: el racional,  que procede por vía lógica, secuencial; el emocional, que asocia imágenes, sensaciones y emociones; el espiritual, que integra los conocimientos de ambas en busca de un sentido que trasciende lo material y al propio yo.

Hoy se habla de un modelo Holístico de la Inteligencia, con tres niveles, el 1º nivel más básico es el emocional, relacionado con el sentir; el 2º nivel es el intelectual, relacionado con el pensar y el tercer nivel es el espiritualrelacionado con la integración, con la felicidad y la trascendencia.

D. Zohar justifica esta división en tres tipos de inteligencia no solo por sus áreas diversas sino también por las diferentes reacciones neuronales en el cerebro según  ha comprobado la  Neurociencia. La Inteligencia Racional se manifiesta  mediante un proceso serial, a través de un cableado conocido como tractos neurales. La Inteligencia Emocional se manifiesta como un proceso asociativo de emociones y sensaciones corporales, a través de estructuras cerebrales conocidas como redes neurales,  que tienen capacidad de aprender recableándose, mediante ensayo y error. La inteligencia espiritual se manifiesta como proceso unificador holístico. La neurología sitúa este proceso en el denominado punto divino, que se localiza en los lóbulos temporales

Debemos aclarar que tanto la inteligencia racional como la emocional y la espiritual son capacidades, no resultados concretos. Pueden fallar. Existen en el ser humano pero tienen que desarrollarse en mayor o menor grado.

Nos podemos preguntar cómo llegar a ser emocionalmente inteligentes en una cultura racional y emocionalmente analfabeta o como ser espiritualmente inteligentes en una cultura espiritualmente pobre, material, superficial y egoísta. La  respuesta está en la educación, que hasta ahora ha hecho  más énfasis en el  el intelecto.  Sin embargo hoy día la vanguardia educativa considera necesaria la educación emocional y también  la educación espiritual, lo que conduce a una educación holística. Y aquí entran en juego la práctica contemplativa, la meditación, el desarrollo de la conciencia, la ética, etc.

Para saber más:

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¿Por qué potenciar las emociones positivas?

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La psicología ha estudiado preferentemente las emociones negativas (miedo-ansiedad; tristeza-depresión; etc.), habiéndose relegado a un segundo plano el estudio de las emociones positivas (p.e. satisfacción, confianza,etc). Por eso uno de los primeros objetivos de la nueva psicología positiva es potenciar el estudio de las emociones positivas.

Hay varias razones que explican el olvido de las emociones positivas:

  1. Hay una tendencia natural a estudiar aquello que amenaza el bienestar humano, por eso  se ha centrado el interés en las emociones que nos ayudan a afrontar peligros o problemas. Además existe la tendencia a descuidar lo que es normal y focalizar la atención en lo que se sale de lo cotidiano.
  2. Las emociones positivas son más difíciles de estudiar, por que son menos en cantidad y más difíciles de distinguir. Existen menos palabras para describir estados emocionales positivos que negativos, de modo que somos menos conscientes de las emociones agradables que de las desagradables.
  3. Existen diferencias en cuanto a la expresión, de modo que se reconocen más fácilmente las emociones negativas que las positivas.
  4. Hace falta elaborar nuevos modelos metodológicos para estudiar las emociones positivas, que permitan avanzar en su estudio.

 Valor adaptativo.

Las emociones negativas tienen un valor adaptativo incuestionable: representan soluciones eficientes a los problemas que afronta el hombre. Sin embargo el valor adaptativo de las emociones positivas es más complejo, y ha sido ignorado mucho tiempo.

Las emociones positivas tienen un objetivo trascendente y evolutivo, que va más allá de las sensaciones agradables que nos proporcionan. Experimentar emociones positivas lleva a estados mentales que preparan a las personas para enfrentar con éxito dificultades futuras.

A diferencia de la focalización que induce la emoción negativa, cuando se experimentan  emociones positivas, nuestra actitud es expansiva, tolerante y creativa, lo que se traduce en desarrollo personal. La emoción negativa lleva a adoptar un tipo de pensamiento centrado en el problema; en cambio, la emoción positiva lleva a adoptar un pensamiento creativo, generoso y constructivo.

La investigadora americana Barbara Fredrickson ha desarrollado la teoría de que las emociones positivas tienen  importantes funciones:

  • A corto plazo, abren la mente y amplían el campo de oportunidades
  • A largo plazo, promueven el desarrollo de recursos , favoreciendo el crecimiento de la persona.
  • Pueden ser canalizadas para prevenir o afrontar problemas

Enfoque multidimensional de las emociones

Durante mucho tiempo se ha considerado que las emociones positivas y las negativas eran los polos opuesto de una única dimensión lineal, de modo que serían incompatibles. Hoy se considera que más bien se manifiestan de forma multidimensional, de modo que las emociones positivas y las negativas son más o menos independientes. Podrían ser coexistentes en un mismo individuo.

Hoy sabemos que tras una experiencia traumática se experimentan emociones negativas y positivas, y ésta es una de las bases del crecimiento postraumático.

En el campo de la depresión, una característica es la presencia de emociones negativas, pero se conoce que también lleva asociado un descenso de emociones positivas, por lo que una terapia eficaz deberá ocuparse de aumentar estas y disminuir aquellas.

Clasificación de las emociones positivas

 Según Seligman, se pueden dividir en tres grupos:

  • Emociones positivas que genera el pasado,  como la satisfacción, el orgullo, la gratitud, la realización personal, etc. Están determinadas por pensamientos que tenemos sobre lo vivido.
  • Emociones relacionadas con el presente, como la alegría, el placer, la fluidez, el entusiasmo, la tranquilidad. Se centran en el momento actual
  • Emociones positivas respecto al futuro, como el optimismo, la confianza, la esperanza. Están determinadas por pensamientos acerca de lo que está por venir.

 Emociones positivas y calidad de vida

 Existen pruebas tras décadas de investigación, que evidencian que las emociones positivas se relacionan con el estado de salud e incluso con la esperanza de vida. Se sabe que quienes experimentan más emociones positivas tienen mejores hábitos de salud, menor tensión arterial y un sistema inmunológico más fuerte, que quienes experimentan menos emociones de este tipo.

Es famoso el estudio de las monjas (realizado por la Universidad de Kentucky) que consiste en una investigación longitudinal a largo plazo, que demuestra una relación entre las emociones positivas y la longevidad. Otros estudios han confirmado la relación entre actitudes positivas y mejor calidad de vida, así como mayor longevidad.

Para saber más: La vida que florece (de Martin Seligman)

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La ciencia de la felicidad

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Sonja Lyubomirsky, psicóloga de la Universidad de California,  propone 12 actividades o intervenciones para potenciar la felicidad, avaladas por la investigación científica de los últimos años:

  1. Expresar gratitud: dar las gracias por las cosas buenas que tienes (ya sea a alguien cercano o en privado, mediante la contemplación o en un diario) o transmitir tu gratitud y tu reconocimiento a una o más personas a las que nunca has dado las gracias como correspondía.
  2. Cultivar el optimismo: llevar un diario en el que imaginas y escribes el mejor futuro posible para ti, o practicar mirar el lado bueno de todas las situaciones.
  3. Evitar pensar demasiado y evitar la comparación social: utilizar estrategias   para reducir la frecuencia con la que piensas en tus problemas y te comparas con los demás.
  4. Practicar la amabilidad: Hacer cosas buenas por los demás, ya sean amigos o desconocidos, ya sea directamente o de forma anónima, ya sea de manera espontánea o planeada.
  5. Cuidar las relaciones: elegir una relación que haya que fortalecer e invertir tiempo y energía en curarla, cultivarla, ratificarla y disfrutarla. Según John Gottman, las parejas que funcionan bien, dedican más de 5 horas a la semana a hablar entre ellos, generando cinco emociones positivas por cada negativa: admiración, agradecimiento, afecto, respeto…
  6. Desarrollar estrategias para afrontar: practicar maneras de soportar o superar un estrés, una dificultad o un trauma recientes.
  7. Aprender a perdonar: llevar un diario o escribir una carta en la que trates de desprenderte de la ira y el resentimiento con respecto a una persona o varias que te hayan hecho daño o hayan sido injustas contigo.
  8. Hacer más actividades que realmente te atraigan: aumentar la cantidad de experiencias, en tu casa y en el trabajo, en las que te entusiasmes, que supongan un reto y te absorban (es decir, experiencias que te hagan “fluir”).
  9. Saborear las alegrías de la vida: prestar mucha atención, deleitarse y repetir los placeres momentáneos de la vida y sus maravillas, ya sea a través del pensamiento, la escritura, el dibujo o de compartirlos con otra persona.
  10. Comprometerte con tus objetivos: elegir uno, dos o tres objetivos importantes que tengan sentido para ti y dedicar tiempo y esfuerzo a perseguirlos. El entusiasmo, la ilusión y el esfuerzo para conseguir lo que es importante para nosotros nos hace más felices.
  11. Practicar la religión y la espiritualidad: participar más en actividades de tu religión, o leer y reflexionar sobre libros de temática espiritual.
  12. Ocuparte de tu cuerpo-mente: emprender una actividad física, practicar meditaciónsonreir y reir.

Todas estas propuestas se pueden cultivar o entrenar con nuestra dedicación personal. La propuesta científica es que en buena parte la felicidad se construye.

(Lectura para profundizar: La ciencia de la felicidad, de Sonja Lyubomirsky)

Los problemas psicológicos no son enfermedades

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Como consecuencia de la impronta cerebrocentrista que ha invadido las ciencias sociales, y tras la publicación del DSM-V que patologiza de forma preocupante la conducta y las emociones humanas, se han levantado voces autorizadas que se enfrentan a esta concepción sesgada y medicalizada de la Psicología. No es de extrañar que autores de la trayectoria profesional y del relieve científico de Ernesto López, y de Miguel Costa, procedentes de una definición biopsicosocial de la salud, y que han desarrollado con éxito el modelo comunitario en Salud Mental se agreguen a estas voces críticas, y recojan sus reflexiones en el presente volumen, cuyo título, explícito, no precisa de más explicaciones: “Los problemas psicológicos no son enfermedades. Una crítica radical de la psicopatología”. Se trata pues de una crítica “radical”, pero también de una crítica sustentada en un profundo estudio del desarrollo y de la aplicación del modelo psicopatológico a los problemas psicológicos. Los autores rechazan toda explicación que asuma cualquier similitud entre éstos y la enfermedad, ya que son parte de la experiencia de la vida, y hay que contextualizarlos en los aspectos biográficos y ambientales del sujeto. Etiquetar las reacciones, las conductas , las emociones extemporáneas de un sujeto bajo el epígrafe de enfermedad es una solución falsa que pretende encuadrarlos en un marco impropio, asimilándolos a los procesos anatomopatológicos y fisiopatológicos que se estudian dentro de la medicina con métodos desarrollados según la naturaleza de dichos procesos, pero totalmente inadecuados a la hora de enfocarlos sobre el comportamiento y las emociones del individuo que implican un nivel distinto de complejidad y no se pueden reducir al componente estrictamente biológico. Para ello los autores empiezan exponiendo una revisión histórica de la invención del modelo psicopatológico, cuyos antecedentes podemos encontrar en el estudio de la melancolía, atribuida a un desequilibrio de los humores del cuerpo  ( que tiene su correlato actual en el mito del equilibrio/desequilibrio de los neurotransmisores cerebrales hoy en día tan en boga). Nos dirigen a través de la Historia hasta el siglo XIX, donde se establecen los cimientos de la psicopatología actual, y de la patologización del comportamiento humano, a través de la elaboración de clasificaciones que inventan enfermedades mentales poniendo nombre a distintas manifestaciones de experiencias vitales, que se describen pero no se explican, ya que pertenecen a un nivel epistemológico diferente del encuadre que se les asigna.

Insisten los autores en el concepto de “logomaquia”: el modelo psicopatológico aporta explicaciones ficticias, inventa patologías que no revelan el significado vital de los problemas psicológicos. Los comportamientos alterados pertenecen a la categoría de sucesos vitales, y reclaman un discurso psicológico. El modelo psicopatológico cosifica dichos comportamientos a los que designa con un nombre, de modo que se acaban convirtiendo en algo que la persona tiene. Establece una nosología que determina una gran variedad de “patologías mentales”, sin demostración previa. Clasifica enfermedades inventadas como si fueran enfermedades realmente existentes, fragmenta las experiencias vitales y así selecciona los componentes que sirven para construir las colecciones de síntomas que forman los síndromes. Nos aclaran también los autores cómo, tras consolidarse el modelo psicopatológico se realiza un despliegue de métodos diagnósticos que también constituye una logomaquia, al no presentar tampoco evidencias de la existencia de una patología. Nos hallamos ante un paralelismo con otro arsenal de remedios utilizados a través de la historia, desde el tratamiento moral hasta los psicofármacos, que se prescriben con una ligereza que sería inadmisible en las prescripciones farmacológicas de la medicina científica. Pero no se reducen los autores a una mera crítica del modelo psicopatológico, sino que sustentan su visión del mejor enfoque para abordar los problemos psicológicos exponiendo el modelo ABC del comportamiento, como la perspectiva más adecuada para comprender y ayudar al sujeto a resolver sus problemas, inseguridades, ansiedades…Se trata de un modelo estrictamente psicológico que pretende integrar y organizar el acervo conceptual, metodológico y tecnológico acumulado hasta la fecha por los paradigmas de la Psicología, y que pretende llegar hasta la raíz del comportamiento. Este se integra en tres componentes estructurales: los antecedentes que activan la conducta (A), la biografía personal (B), y las consecuencias posibles (C). Consideran que este modelo da idea de la complejidad organizativa de las interacciones al contemplar los ejes biográfico –histórico, contextual y transaccional . De aquí que los problemas psicológicos sean considerados desde este enfoque como experiencias integrales de la persona entera, ya que considera el Yo biográfico como la unidad integrada e integradora que unifica las experiencias vitales y las de significado. Asimismo da cuenta de la importancia de las transacciones interpersonales para la especie humana a través de la acción del sujeto y de la interacción con el ambiente, tal y como la teoría evolucionista ha puesto de manifiesto. Y dentro de esta evolución adquiere relieve el lenguaje, como vehículo imprescindible que permite dar significado a la experiencia, y establecer transacciones directas e indirectas con sucesos, circunstancias y consecuencias que no tienen que estar necesariamente presentes en el aquí y ahora, sino que pueden ser sustituidas por palabras. El sujeto adquiere así independencia respecto de su experiencia, puede prever y planificar acciones futuras. Pero el lenguaje descontextualizado de la red social, biográfica y transaccional se convierte en puro discurso vacío, en literalidad, tal y como sucede en la logomaquia psicopatológica, cuyo exponente más relevante es la definición de la esquizofrenia, enfermedad sobre la que no se tiene evidencia empírica, pero que es diagnosticada y tratada como si se tratara de una entidad real, sin tomar en consideración la perspectiva del sujeto que vive esa experiencia. También alertan los autores sobre el peligro de atribuir un comportamiento a un fenómeno mental, ya que el concepto “mente” no aporta explicaciones sobre cómo se genera un comportamiento. La mente es otra palabra que se identifica con una especie de fábrica de emociones, de conductas, de actitudes, y que no contempla las experiencias transaccionales del individuo. Nuevamente, el concepto se pone al servicio de la logomaquia psicopatológica, contribuyendo a rellenar vacíos y a dar sentido al sinsentido de las enfermedades inventadas. Finalizan los autores con una crítica al cerebrocentrismo. Los fenómenos neurofisiológicos son necesarios, pero no suficientes para explicar los comportamientos y los problemas psicológicos: “en el cerebro no hay ningún lugar donde la neurofisiología se convierta misteriosamente en psicología”. No hay que olvidar que el propio comportamiento a su vez conforma la organización cerebral gracias a la plasticidad neural, y a la dinámica que se establece a lo largo de la vida en el sistema integrado por las interacciones entre el pensamiento, las emociones y las transacciones entre el contexto y la red neural.

Como conclusión, nos encontramos ante una obra seria y profunda, producto de la experiencia de los autores que integran sus amplios conocimientos científicos con una reflexión producto de su propia y dilatada  trayectoria profesional. Obra pertinente por el momento actual que atraviesa nuestra ciencia, y que debería ser leída por las nuevas generaciones de psicólogos, influidos por el contexto pseudocientífico en el que están inmersos. Y que corren el riesgo de ignorar la esencia de la Psicología, reencuadrándola en un marco impropio, medicalizado, y con ello convirtiendo nuestra disciplina en un nombre desprovisto de contenido.

(recensión elaborada por Concha Pérez Salmón, publicada en la revista Clínica Contemporánea)

MINDFULNESS Y TERAPIAS PSICOLOGICAS

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Mindfulness es prestar atención a los contenidos de la mente con aceptación y sin juzgarlos.  (J.Kabat-Zinn)

Desde que en el siglo pasado se difundió en occidente la cultura oriental y la meditación, la atención plena o mindfulness ha ido extendiéndose junto a otras prácticas meditativas. Un gran difusor ha sido el monje budista Thich Nhat Hahn a través de sus libros, (El término mindfulness aparece en 1976 en su libro El milagro del mindfulness).

También Jon Kabat-Zinn ha influido mucho en su expansión desde el campo de la salud y la medicina (creó en 1979 el programa de Reducción del Estrés del Centro Médico de la Universidad de Massachusetts) y también  en su apertura a la investigación científica.

Aunque mindfulness proviene originalmente de prácticas budistas, hoy se está  divulgando ampliamente como técnica terapéutica. Esto sucede tanto en el campo de los transtornos físicos como en el de los psicológicos.

En la actualidad se está produciendo una transformación del enfoque psicoterapéutico, que se manifiesta en las denominadas terapias de tercera generación.

Las terapias que han sido objeto de mayor estudio científico durante el siglo pasado evolucionaron de este modo: las terapias de primera generación, que se basaban en propiciar el cambio de las conductas para ayudar a las personas con su malestar (la hipótesis sería: si actúas de forma diferente, te sentirás diferente); las terapias de segunda generación, añadieron el cambio de la forma de pensar para la mejora personal (hipótesis: si piensas de forma diferente, te sentirás diferente) Aquí aparecen las técnicas cognitivas de cambio de creencias irracionales y pensamientos distorsionados. Estas dos generaciones primeras asumían que las personas podían cambiar.

Hoy día se ha añadido un nuevo modelo en las terapias de tercera generación, que incorporan el concepto de aceptación. Se considera que no todo se puede cambiar en la vida y que lo más realista es enseñar al paciente a vivir con lo inevitable.

Recapitulando podemos decir que se amplía el abanico de respuestas de la persona ante una dificultad: se pueden cambiar las acciones, se pueden cambiar los pensamientos o patrones mentales y también aceptar la realidad de una forma consciente.

Las terapias más conocidas de esta tercera generación son la Terapia Cognitiva basada en la Atención Plena (MBCT), la Terapia Dialéctico-Conductual (DBT) y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). El mindfulness es una técnica aliada de estas  terapias,  para promover actitudes sanadoras como la paciencia, la aceptación ante la realidad cambiante y la desidentificación con los contenidos mentales.

También alguna corriente occidental como el psicoanálisis ha resaltado la importancia de aumentar el nivel de autoconciencia de la persona desde una óptica muy diferente a la tradición oriental.

En cambio la Gestalt, encuadrada en la psicología humanista,  considera fundamental el darse cuenta de lo que uno es, siente y percibe: la consciencia del presente. Muy semejante a la propuesta del mindfulness. Algunos autores como Claudio Naranjo incorporan a la terapia  las técnicas de meditación.

Neurociencia y Meditación

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Indiscutiblemente la Ciencia ha avanzado enormemente, se conoce mucho mejor hoy día,  desde el macrocosmos ( la investigación espacial y astronómica) al microcosmos (mapa genético, mundo subatómico), y en medio de ambos universos, quizá se había descuidado estudiar la felicidad del ser humano . Pero en los últimos veinte años se ha desarrollado la investigación  del cerebro humano (se ha producido la confluencia de la Neurociencia, la Psicología y las practicas contemplativas) que nos ha ayudado a ampliar el conocimiento de nuestra mente y  también a clarificar las pautas para ser felices, asunto de importancia vital para todos.

Los neurocientíficos han descubierto que la mente es más plástica de lo que se creía, que sus circuitos pueden modificarse por hechos externos a la vez que internos. Esta facultad de cambiar creando conexiones neuronales o reforzando las existentes se llama neuroplasticidad. Igual que el músico que se dedica a tocar su instrumento desarrolla el área del cerebro que controla el movimiento de los dedos, se está comprobando que el entrenamiento mental dirigido a cultivar estados mentales como el altruismo, la compasión o la paz interior puede producir cambios cerebrales en el área del cerebro relacionado con el bienestar.

La meditación es la herramienta de entrenamiento por excelencia del budismo. Gracias al diálogo entre el budismo y la ciencia, promovido por el Mind and Life Institute, se están estudiando los efectos de esta práctica milenaria para comprender mejor la mente y obtener nuevas herramientas para la psicología y el crecimiento personal. El científico Richard Davidson ha estado dirigiendo una investigación usando tecnología puntera con meditadores budistas experimentados. Los resultados están confirmando que podemos mejorar nuestro equilibrio emocional, desarrollar nuestras cualidades con las prácticas meditativas, contribuyendo así a crear una sociedad más humana. Solo transformándonos a nosotros mismos podremos cambiar paso a paso el mundo.

“Ciencia y espiritualidad deben estar unidas. Se necesitan mutuamente. Sin la una, la otra es incompleta. Juntas no sólo son supremamente completas sino también divinamente fructíferas”. Sri Chinmoy