¿Dónde están las monedas? (un cuento)

padres

 El cuento de nuestros Padres
“Hay otra razón poderosa que puede empujarnos a iniciar la tarea de restaurar el amor hacia nuestros padres: sólo logramos amarnos a nosotros mismos cuando los amamos y honramos a ellos. En lo más profundo de cada uno de nosotros, por muy graves que sean las heridas, los hijos seguimos siendo leales a nuestros padres, e inevitablemente los tomamos como modelos y los interiorizamos. De algún modo conectamos con una fuerza que nos hace ser como ellos. Por eso, cuando somos capaces de amarlos, honrarlos, dignificarlos y respetarlos, podemos hacer lo mismo con nosotros mismos y ser libres”           (Joan Garriga

En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño.Es un sueño que todos tenemos alguna vez. Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres. No sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, cientos, una docena o aún menos. Tampoco sabemos de qué metal estaban hechas, si eran de oro, plata, bronce, hierro o quizá de barro.
Mientras soñaba que sus padres le entregaban estas monedas, sintió espontáneamente una sensación de calor en su pecho. Quedó invadida por un alborozo sereno y alegre. Estaba contenta, se llenó de ternura y durmió plácidamente el resto de la noche.
Cuando despertó a la mañana siguiente, la sensación de placidez y satisfacción persistía. Entonces, decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y, cuando llegó, mirándolos a los ojos, les dijo:

— «Esta noche habéis venido en sueños y me habéis dado unas cuantas monedas en mis manos. No recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran monedas de un metal precioso o no. Pero no importa, porque me siento plena y contenta. Y vengo a deciros gracias, son suficientes, son las monedas que necesito y las que merezco. Así que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.»

Al oír esto, los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, se sintieron aún más grandes y generosos. En su interior sintieron que aún podían seguir dando a su hijo, porque la capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar.

Así, dijeron: — Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único y personal. Son para ti.
Entonces este hijo se sintió también grande y pleno. Se percibió completo y rico y pudo dejar en paz la casa de sus padres. A medida que se alejaba, sus pies se apoyaban firmes sobre la tierra y andaba con fuerza. Su cuerpo también estaba bien asentado en la tierra y ante sus ojos se abría un camino claro y un horizonte esperanzador.
Mientras recorría el camino de la vida, encontró distintas personas con las que caminaba lado a lado. Se acompañaban durante un trecho, a veces más largo o más corto, otras veces estaban con él durante toda la vida. Eran sus socios, sus amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores e incluso sus adversarios. En general, el camino resultaba sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.
De vez en cuando esta persona volvía la vista atrás hacia sus padres y recordaba con gratitud las monedas recibidas. Y cuando observaba el transcurso de su vida, miraba a sus hijos o recordaba todo lo conseguido en el ámbito personal, familiar, profesional, social o espiritual, aparecía la imagen de sus padres y se daba cuenta de que todo aquello había sido posible gracias a lo recibido de ellos y que con su éxito y logros les honraba. Se decía a sí mismo: «No hay mejor fertilizante que los propios orígenes», y entonces su pecho volvía a llenarse con la misma sensación expansiva que le había embargado la noche que soñó que recibía las monedas.Sin embargo, en otra noche cualquiera, otra persona tuvo el mismo sueño, ya que tarde o temprano todos llegamos a tener este sueño.
Venían sus padres y en sus manos le entregaban unas cuantas monedas. En este caso tampoco sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, unos cientos, una docena o aún menos. No sabemos de qué metal estaban hechas, si de oro, plata, bronce, hierro o quizás de barro…
Al soñar que recibía en sus manos las monedas de sus padres sintió espontáneamente un pellizco de incomodidad. La persona quedó invadida por una agria inquietud, por una sensación de tormento en el pecho y un lacerante malestar. Durmió llena de agitación lo que quedaba de la noche mientras se revolvía encrespada entre las sábanas.
Al despertar, aún agitada, sentía un fastidio que parecía enfado y enojo, pero que también tenía algo de queja y resentimiento. Quizá lo que más reinaba en ella era la confusión y su cara era el rostro del sufrimiento y de la disconformidad. Llena de furia y con un ligero tinte de vergüenza, decidió caminar hacia la casa de sus padres.
Al llegar allí, mirándolos de soslayo les dijo:

– «Esta noche habéis venido en sueño y me habéis dado unas cuantas monedas. No sé si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué material estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. No importa, porque me siento vacía, lastimada y herida. Vengo a decirles que vuestras monedas no son buenas ni suficientes. No son las monedas que necesito ni son las que merezco ni las que me corresponden. Así que no las quiero y no las tomo, aunque procedan de ustedes y me lleguen a través vuestro. Con ellas mi camino sería demasiado pesado o demasiado triste de recorrer y no lograría ir lejos. Andaré sin vuestras monedas.»

Y los padres que, como todos los padres, empequeñecen y sufren cuando no tienen el reconocimiento de sus hijos, aún se hicieron más pequeños. Se retiraron, disminuidos y tristes, al interior de la casa. Con desazón y congoja comprendieron que todavía podían dar menos a este hijo porque ante la dificultad para tomar y recibir, la grandeza y el deseo de dar se hacen pequeñas y languidecen. Guardaron silencio, confiando en que, con el paso del tiempo y la sabiduría que trae consigo la vida, quizá se pudieran llegar a enderezar los rumbos fallidos del hijo.
Es extraño lo que ocurrió a continuación. Después de haber pronunciado estas palabras ante los padres en respuesta a su sueño, este hijo se sintió impetuosamente fuerte, más fuerte que nunca. Se trataba de una fuerza extraordinaria. Se había encarnado en él la fuerza feroz, empecinada y hercúlea que surge de la oposición a los hechos y a las personas. No era una fuerza genuina y auténtica como la que resulta del asentimiento a los hechos y que está en consonancia con los avatares de la vida, pero la fuerza era intensa.
Sin ninguna serenidad interior, aquella persona abandonó la casa de los padres diciéndose a sí misma:
– Nunca más.

Impetuosamente fuerte, pero también vacía, huérfana y necesitada, aún queriéndolo y deseándolo, no lograba alcanzar la paz.
A medida que la persona se alejaba de la casa de sus padres sentía que sus pies se elevaban unos centímetros por encima de la tierra y que su cuerpo, un tanto flotante, no podía caerse por su propio peso real. Pero lo más relevante ocurría en sus ojos: los abría de una manera tan particular que parecía que miraba siempre lo mismo, un horizonte fijo y estático.
La persona desarrolló una sensibilidad especial. Así, cuando encontraba a alguien a lo largo de su camino, sobre todo si era del sexo opuesto, esta sensibilidad le hacía contemplarlo con una enorme esperanza, la que, sin darse cuenta le llevaba a preguntarse:

– ¿Será esta persona la que tiene la monedas que merezco, necesito y me corresponden, las monedas que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será esta la persona que tiene aquello que merezco?

Si la respuesta que se daba a si misma era afirmativa, resultaba fantástico. A esto, algunos lo denominan enamoramiento. En esos momentos sentía que todo era maravilloso. No obstante, cuando el enamoramiento acababa convirtiéndose en una relación y la relación duraba lo suficiente, la persona generalmente descubría que el otro no tenía lo que le faltaba, aquellas monedas que no había tomado de sus padres.

– ¡Qué pena!, se decía y se quejaba amargamente de su mala suerte, culpando al destino de ello.

A esto lo llaman desengaño y esta persona se sentía sometida a un tormento emocional que tomaba la forma de desesperación, desazón, crisis, turbulencia, enfado, frustración…
Por suerte, o no, en este momento podía estar esperando a un hijo y la desazón se volvía más dulce y esperanzadora, más atemperada. Entonces la pregunta volvía a su inconsciente:

– «¿Será este hijo que espero, tan bienamado, quien tiene las monedas que merezco, que necesito y que me corresponden y que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será este ser el que tiene aquello que merezco?»

Cuando se contestaba de nuevo que sí, era maravilloso, formidable y empezaba a sentir un vínculo especial con ese hijo, un vínculo asombroso, muy estrecho, lleno de expectativas y anhelos.
Pero si pasa el tiempo suficiente la mayoría de los hijos desean tener una vida propia y saben que tienen propósitos de vida propios e independientes de sus padres. Entonces, aunque aman a sus padres y desean hacer lo mejor para ellos, la presión de tener vida propia resulta exigente, imperiosa y tan arrolladora como la sexualidad.
Así es como, de nuevo, esta persona comprende un día que tampoco su hijo tiene las monedas que necesita, merece y le corresponden. Sintiéndose más vacía, huérfana y desorientada que nunca entra en crisis y desesperación. Enferma. Ahora tiene entre 40 y 50 años, la fase media de la vida. Ahora ningún argumento la sostiene ya, ninguna razón la calma. Es su “cata-crac” y grita:
– ¡A Y U D A!
¡Hay tanta urgencia en su tono de voz! ¡Su rostro está tan desencajado! Nada la calma, nada puede sostenerla.
Y… ¿qué hace? Va al terapeuta.
El terapeuta la recibe pronto, la mira profunda y pausadamente y le dice:
– Yo no tengo las monedas.
Hay dos clases de terapeutas: los que piensan que tienen las monedas y los que saben que no las tienen.
El terapeuta ha visto en sus ojos que sigue buscando las monedas en el lugar equivocado y que le encantaría equivocarse de nuevo. El terapeuta sabe que las personas quieren cambiar, pero les cuesta dar su brazo a torcer, no tanto por dignidad sino por tozudez y costumbre.
Él piensa: “Amo y respeto mejor a mis pacientes cuando puedo hacerlo con sus padres y con su realidad tal como es. Los ayudo cuando soy amigo de las monedas que les tocan, sean las que sean.”
El terapeuta añade: “Yo no tengo las monedas pero sé dónde están y podemos trabajar juntos para que también tú descubras dónde están, cómo ir hacia ellas y tomarlas.”
Entonces el terapeuta trabaja con la persona y le enseña que durante muchos años ha tenido un problema de visión, un problema óptico, un problema de perspectiva. Ha tenido dificultades para ver claramente. Sólo se trata de eso.
El terapeuta le ayuda a reenfocar y a modular su mirada, a percibir la realidad de otra manera, desde una perspectiva más clara, más centrada y más abierta a los propósitos de la vida. Una manera menos dependiente de los deseos personales del pequeño yo que trata de gobernarnos.
Un día, mientras espera a su paciente, el terapeuta piensa que está listo y que debe decirle, por fin y claramente, dónde están las monedas. Y este mismo día, como por arte de birlibirloque, llega el paciente. Tiene otro color de piel, las facciones de su rostro se han suavizado y comparte su descubrimiento:

– Sé dónde están las monedas. Siguen con mis padres.

Primero solloza, luego llora abiertamente. Después surge el alivio, la paz y la sensación de calor en el pecho. ¡Por fin!
Durante el trabajo terapéutico ha atravesado las purulencias de sus heridas, ha madurado en su proceso emocional y ha reenfocado su visión. Ahora se dirige de nuevo, como lo hizo hace tantos años atrás a la casa de sus padres.
Los mira a los ojos y les dice:

– «Vengo a deciros que estos últimos diez, veinte o treinta años de mi vida he tenido un problema de visión, un asunto óptico. No veía claramente y lo siento. Ahora puedo ver y vengo a deciros que aquellas monedas que recibí de vosotros en sueños son las mejores monedas posibles para mi. Son suficientes y son las monedas que me corresponden. Son las monedas que merezco y las adecuadas para que pueda seguir. Vengo a daros las gracias. Las tomo con gusto porque vienen de vosotros y con ellas puedo seguir andando mi propio camino.»

Ahora los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, vuelven a florecer y el amor y la generosidad fluyen de nuevo con facilidad. Así el hijo ahora es plenamente hijo, porque puede tomar y recibir.
Los padres le miran sonrientes, con ternura y contestan:

– «Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único, propio y personal, para ti. Puedes tener una vida plena.»

Ahora este hijo se siente grande y pleno. Se percibe completo y rico y puede, por fin, dejar la casa de los padres con paz. A medida que se aleja siente sus pies firmes pisando el suelo con fuerza, su cuerpo también está asentado en la tierra y sus ojos miran hacia un camino claro y un horizonte esperanzador.
Resulta extraño: ha perdido esa fuerza impetuosa que se nutría del resentimiento, del victimismo o del exceso de conformidad. Ahora tiene una fuerza simple y tranquila, una fuerza natural.
Recorriendo el camino de su vida encontraba con frecuencia otras personas con las que caminaba lado a lado como acompañantes durante un trecho, a veces largo, a veces corto, a veces durante toda la vida. Socios, amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores, incluso adversarios. En general se trataba de un camino sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y con su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.Un día se acercó a la persona de la que se enamoró pensando que tenía las monedas y también le dijo:

– «Durante mucho tiempo he tenido un problema de visión y ahora que veo claro te digo: Lo siento, fue demasiado lo que esperé. Fueron demasiadas expectativas y sé que esto fue una carga demasiado grande para ti y ahora lo asumo. Me doy cuenta y te libero. Así el amor que nos tuvimos puede seguir fluyendo. Gracias. Ahora tengo mis propias monedas.»

Otro día va a sus hijos y les dice:
– «Podéis tomar todas las monedas de mi, porque yo soy una persona rica y completa ahora que he tomado las mías de mis padres.» Entonces los hijos se tranquilizan y se hacen pequeños respecto a él y están libres para seguir su propio camino tomando sus propias monedas.

Al final de su largo camino se sienta y mira aún más allá. Hace un repaso de la vida vivida, de lo amado y de lo sufrido, de lo construido y de lo maltrecho. A todo y a todos logra darles un buen lugar en su alma. Los acoge con dulzura y piensa:
– «Todo tiene su momento en el vivir: el momento de llegar, el momento de permanecer y el momento de partir. Una mitad de la vida es para subir la montaña y gritar a los cuatro viento: ‘Existo’.
Y la otra mitad es para el descenso hacia la luminosa nada, donde todo es desprenderse, alegrarse y celebrar.
La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos»

“Tomar las monedas de nuestros Padres no es un acto ideológico, algo que uno pueda decidir que ocurra. Es el resultado de un profundo proceso emocional, de un proceso corporal y de una actitud.
Este proceso exige mucho del cuerpo y de los sentimientos. Obliga a visitar y bucear en este cuerpo histórico donde se alojan los buenos sentimientos y también aquellos que llegan a ser amenazantes para nosotros, hasta lograr hacerles espacio, permitir que circulen, que se libere el dolor, que se reaprendan recursos y que el cuerpo recupere su confianza, su gracia y su vitalidad natural.
A este cuerpo que vivió tanto, que soportó traumas, heridas y miedos podemos agradecerle su fortaleza y acariciarlo lo suficiente para que palpite de nuevo con la fuerza de la vida y pueda volver a exponerse a tener una relación feliz con los demás”


(Autor Joan Garriga -del libro ¿Dónde están las monedas? El vínculo logrado entre hijos y Padres-  Ed. Rigden-Institut Gestalt)

La gratitud se puede cultivar

 heart

La gratitud no es solo la cortesía de dar las gracias. Es muchas cosas más: es una actitud,  una emoción, una virtud moral, un hábito, un rasgo de la personalidad, una respuesta al stress, una forma de vida, etc.

Según Robert Emmons, psicólogo especializado en el tema, es un sentimiento de asombro, agradecimiento y apreciación por la vida.

También es un reconocimiento: reconozco que he recibido un regalo, reconozco el valor de ese regalo, reconozco y valoro la intención del donante. Ese regalo o beneficio puede ser material o inmaterial.

Esta palabra viene del latín, de gratia (que significa favor) y de gratus (agradable o grato). Tiene que ver con amabilidad, regalo, con la belleza de dar y recibir, con algo agradable. Encierra la idea de don inmerecido o recibido libremente (gracia en lenguaje teológico). Gratitud, gracia, gratis son palabras relacionadas.

Podemos hablar de dos fases:

1) Reconocimiento de la bondad en nuestra vida. Reconocemos haber recibido algo que nos gratifica, bien por su presencia o por el esfuerzo que hizo alguien.

2) Conocimiento de que las fuentes de esta generosidad están fuera de mi. Nos sentimos agradecidos a otras personas, o a algo que nos trasciende-

Es una conciencia reflexiva de que somos destinatarios de generosidad. Esto permite que la gratitud nos transforme.  Implica humildad, es decir, reconocer que en la vida necesitamos contribuciones de otros, y que hay fuerzas a nuestro favor.

Existe también un componente afectivo, profundo, que es la emoción de amor hacia quien nos obsequia. Es lo que produce la necesidad de expresar agradecimiento.

Obstáculos a la gratitud

A la mente humana le cuesta reconocer la gracia, damos las cosas por hecho, nos creemos responsables de lo bueno que nos ocurre, nos adaptamos enseguida a lo bueno.

Pueden interponerse  obstáculos internos y externos al desarrollo de  la gratitud en la vida, como:

  • Los prejuicios negativos. Tenemos tendencia a ver lo negativo
  • La soberbia, la falta de humildad, o incapacidad de admitir que necesitamos de otros. Somos interdependientes, no dependientes, y eso debería alentar un agradecimiento sincero
  • El victimismo -una actitud que tiende a culpar a otros, a buscar el error, el daño  en la vida- mengua la capacidad de gratitud
  • La cultura consumista, que nos incita a buscar nuevos placeres, desear lo que no tenemos, que celebra el engrandecimiento propio y la competencia.

Beneficios de ser agradecido:

Según la investigación reciente la práctica de la gratitud produce niveles más elevados de emociones positivas, protegiéndonos de emociones negativas, además de los siguientes beneficios:

  • Pensar con gratitud ayuda a saborear las experiencias positivas de la vida
  • Expresar gratitud refuerza la autoestima y el amor propio. Algunas personas se centran en los errores y fracasos y en penas que les provocan los demás. La gratitud va contra este hábito, y alienta a buscar lo que se valora en la vida.
  • La gratitud ayuda a afrontar el estrés y el trauma. Se ha observado más  expresiones de gratitud en situaciones de catástrofe o maldad humana, y como ayuda a recuperar el bienestar.
  • La gratitud estimula el comportamiento moral. Una persona agradecida es más probable que ayude a los demás.
  • La gratitud puede ayudar a establecer vínculos sociales, a fortalecer las relaciones existentes y a preocuparse de las nuevas. Dado que la gratitud es motivadora y nos estimula a compartir la generosidad recibida con otros.
  • La gratitud tiende a inhibir las comparaciones envidiosas con los demás
  • La gratitud es incompatible con emociones negativas y puede reducir o evitar sentimientos como la rabia, la amargura y la codicia.

La gratitud nos ayuda a contrarrestar la tendencia a la adaptación hedonista o tendencia a adaptarnos a lo bueno y darlo por sentado.

Incluso se han observado mejoría o alivio de síntomas de enfermedad en muchos experimentos sobre esta temática.

Resumiendo,podemos concluir que el desarrollo de la gratitud enriquece la vida humana. Llegando algunos a decir  que es la llave de la felicidad. Así como a nivel social es uno de los pilares de la sociedad, algo que une a las personas en relaciones de reciprocidad.

Algunos se preguntan si es solo un rasgo de ciertas personas de buen carácter, pero la psicología positiva está confirmando que se puede cultivar y desarrollar, con la consiguiente mejora de nuestro bienestar. De hecho determinadas meditaciones de origen budista se orientan a cultivar la gratitud.

Se puede considerar una actitud elegida, una manera de abordar la vida, que ciertamente es agradable, aunque no siempre fácil. Einstein confesó que debía recordarse una y otra vez que su vida interior y exterior dependía de los esfuerzos de otros.

La gratitud es considerada por la psicología positiva como un camino, un proceso, una capacidad que podemos potenciar, y que aporta grandes beneficios.

Lectura para profundizar:  Gracias, de Robert Emmons

gracias