¿Hacer o dejar de hacer?

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Rodeados por las nieves eternas del Himalaya, maestro y discípulo estaban sentados sobre cálidas mantas de lana de Yack.El maestro se hallaba sereno y aquietado, totalmente inmerso en la contemplación y vivencia del paisaje majestuoso. Una sonrisa de plenitud iluminaba su rostro.
El discípulo se hallaba inquieto y desasosegado, totalmente inmerso en un torturante dialogo interno. Una mueca de angustia ensombrecía su rostro.
De pronto, la voz del discípulo rasgó el milenario silencio.
– Maestro, me doy cuenta de que en mi no habita la paz, ¿que debo hacer para cambiar mi realidad?
Lentamente, la dulce y sabía mirada del maestro se posó sobre él.
Es fácil. Debes dejar de hacer.
La reacción del discípulo fue de total desconcierto.
– Pero, sino hago algo, nada cambiará.
Una expresión de amorosa compasión se instaló en las ancianas facciones del maestro.
Hijo mío, la gente pasa haciendo cosas, pretendiendo modelar la vida, intentando modificar lo inmodificable, buscando ordenar lo perfectamente ordenado. El resultado salta a la vista.
En ese instante, una bandada de pájaros de las nieves sobrevoló el lugar en que los dos hombres se encontraban.
– Mira esas aves, dijo el maestro, retomando el diálogo, ¿crees que son felices?.
Los pájaros como respondiendo a la mirada del discípulo, realizaron una serie de maravillosos movimientos en el aire y emitieron sus más dulces trinos.
¿Crees que hacen algo para ser felices?.
El discípulo movió levemente su cabeza en un gesto que denotaba confusión. El maestro continuo hablando.
Pues si, hacen algo. Lo que hacen es dejarse ser. Y si, no hacen algo. Lo que no hacen es impedirse ser. Tu ausencia de paz es el resultado de tus esfuerzos para hacer lo que tu mente te dice que debes hacer, a fin de convertirte en lo que ella supone que debes ser.
– Pero maestro es que yo quiero evolucionar.
– Si tu deseo es ese, facilita el desenvolvimiento de tu ser natural. No pongas en su camino obstáculos nacidos de tu afán de control y él, te lo aseguro, sabrá hallar el modo y el rumbo.Toma, quiero regalarte algo que se hace muchos años me regaló mi maestro.

Al decir esto, el viejo lama introdujo su mano en un pliegue de su túnica color azafrán y luego la tendió hacia el joven. Este cogió un rosario tibetano cuyas cuentas de madera estaban muy gastadas, por dedos que con ellas oraron innumerables veces. No obstante, el desgaste no impidió que el discípulo percibiera algo escrito en ellas. Cada cuenta tenía grabada una letra. A media voz, leyó.

“Si haces algo y no logras lo que buscas, envía a buscarlo a tu no-hacer”.

El discípulo levanto su vista y la paseó por el paisaje de cumbres nevadas y cielo indescriptiblemente azul y, simplemente vio, sin intentar captar ni comprender lo que veía. Y la belleza llegó a él, le tocó e impregnó por completo. Y ni aun las lágrimas pudieron impedirle ver lo que veía sin buscar ver….

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