EL CUENTO DE LAS PELUSAS CALIENTES

 

caricianiño

Erase una vez hace mucho tiempo un país muy feliz. A los habitantes de este país se les regalaba nada más nacer una pequeña y suave bolsa de pelusas. Cada vez que una persona metía la mano en su bolsa podía sacar una pelusa caliente. Había mucha demanda de estas pelusas porque tenían la capacidad de hacer sentir a quien las recibía, una gran alegría, consuelo y abrigo. Así cada vez que a alguien le apetecía podía ir a tu encuentro y decirte me gustaría recibir una pelusa caliente. Acto seguido uno metía la mano en su bolsa y sacaba una pelusa chiquitita. La pelusa sonreía y florecía, convirtiéndose en una pelusa grande y acogedora. Entonces se acomodaba en el interior de la persona deshaciéndose contra su piel y haciéndola sentir llena de alegría y esperanza. La gente que, por alguna circunstancia, no recibía Pelusas Calientes con regularidad, corría el peligro de contraer una enfermedad en la espalda que los encogía y, a veces, podían incluso morir. La gente siempre se estaba pidiendo mutuamente Pelusas Calientes y, puesto que eran gratis, no había problemas para conseguir suficientes. Al haber para todos, las personas se sentían muy cómodas y abrigadas la mayor parte del tiempo.

 Pero un día un malvado brujo se enfado porque todos eran felices y nadie compraba sus pociones y ungüentos así que ideó un plan perverso difundió en todo el país el rumor de que las pelusas se agotaban, que no se podían dar tan a la ligera cuando a uno le apeteciera. Debían ser más prudentes y reservar pelusas para sí mismos. Muy pronto la gente se fue volviendo más tacaña y comenzó a notarse la escasez de pelusas calientes, todos se sentían más tristes y desprotegidos, desesperanzados, como adormecidos y sin espíritu. Algunos empezaron a encogerse y, de vez en cuando, alguno moría por falta de Pelusas Calientes. Así, más y más personas iban a comprarle pociones y ungüentos al brujo, aunque no parecían muy efectivos.
 
Antes de que el brujo apareciera, la gente acostumbraba a reunirse en grupos de tres, cuatro o cinco personas, sin importarle demasiado quién daba Pelusas Calientes a quién. Después de que llegara el brujo, la gente empezó a emparejarse y a reservar todas sus Pelusas Calientes para sus parejas. Las que se descuidaban y daban una Pelusa a alguien más se sentían culpables, porque sabían que su pareja seguramente notaría la pérdida. Y los que no encontraban una pareja generosa tenían que comprar sus Pelusas y trabajar muchas horas para poder pagarlas.
 
No hace mucho tiempo, una adorable mujer de feliz sonrisa, llegó a ese país entristecido. Parecía no haber oído hablar del brujo, y no le preocupaba que se acabaran sus Pelusas Calientes. Las daba libremente, incluso cuando no se las pedían. Algunos no la aceptaban, porque hacía que los niños se despreocuparan de que se les acabaran las Pelusas Calientes. En cambio a los niños les gustaba mucho, porque se sentían bien con ella. Y pronto volvieron a dar Pelusas Calientes siempre que les apetecía.
 
Las personas mayores comenzaron a preocuparse y decidieron utilizar la Ley para proteger a los niños del derroche de sus reservas de Pelusas Calientes. La Ley convirtió en una actividad criminal dar Pelusas Calientes de manera descuidada, sin licencia. Sin embargo, muchos niños parecían no enterarse y a pesar de la Ley, continuaron dándose Pelusas Calientes unos a otros siempre que les apetecía y siempre que se las pedían. Y como había muchos niños, casi tantos como personas mayores, parecía que podrían salirse con la suya.
Hoy por hoy es difícil adivinar qué sucederá. ¿Podrán las fuerzas de la ley y el orden detener a los niños? ¿Irán las personas mayores a unirse a aquella mujer y a los niños para darse cuenta de que siempre habrá tantas Pelusas Calientes como se necesiten? ¿Recordarán aquellos días en los que eran tan felices, sabiendo que había Pelusas Calientes en cantidad ilimitada? ¿Las volverán a dar libremente?

Este asunto se extiende por toda la tierra y probablemente la lucha esté llegando a donde tú vives. Si lo deseas, y ojalá así sea, puedes unirte dando y pidiendo libremente Pelusas Calientes, y siendo todo lo amoroso y sano que puedas.

(Claude Steiner. Los guiones que vivimos)

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